La Biografía de Juan Montalvo: Novelista

En la historia de la literatura de Ecuador no existe un escritor más singular y atractivo que Juan Montalvo. Sus grandiosas facultades naturales para la escritura fueron estimuladas por los más grandes autores griegos y romanos de la antigüedad. Además de creador en el campo literario, fue un combatiente político de los que requería su tiempo. Entérate en este artículo de mucho más acerca de la Biografía de Juan Montalvo.

Biografia de juan montalvo

Biografía de Juan Montalvo

Dentro de la literatura hispana, quizás el más destacado polemista fue el escritor y ensayista nacido en Ecuador Juan Montalvo, quien obtuvo enorme popularidad en Latinoamérica por sus declaraciones públicas contra la dictadura. Su ideología liberal estaba profundamente signada por el anticlericalismo y su desaprobación de los presidentes Gabriel García Moreno e Ignacio de Veintimilla.

Nació en Ambato en 1832, un 13 de abril, y se le bautizó con el nombre Juan María Montalvo Fiallos. Su trabajo más famoso es “Las Catilinarias”, el cual se publicó en 1880, y redactó escritos sobresalientes como “Siete Tratados” (1882) y “Geometría Moral” (dado a conocer luego de su muerte en 1902). Con el título “Capítulos que se le Olvidaron a Cervantes” escribió una secuela de la universal pieza literaria “Don Quijote de la Mancha”.

Tras ser publicada su revista “El Cosmopolita”, a través de la cual exponía sus críticas al presidente García Moreno, Montalvo debió exiliarse en Colombia, país donde escribió la mayor parte de su obra. Gozó de la admiración de autores, literatos e intelectuales de la talla de Jorge Luis Borges y Miguel de Unamuno. Su deceso tuvo lugar en Paris, el 17 de enero de 1889, a causa de una pleuresía, cuyo cadáver fue luego embalsamado y se encuentra expuesto en su mausoleo de Ambato.

Infancia y Formación

Su abuelo fue un inmigrante procedente de Andalucía que se dedicaba a las ventas ambulantes, y su padre, de nombre Marcos Montalvo, prosiguió esa misma actividad. Éste conoció en la población de Quinchicoto, en las cercanías de Ambato, a doña Josefa de Fiallos Villacrés, propietaria de algunas tierras, con quien contrajo nupcias el 20 de enero de 1811. Tras cierto tiempo la pareja se mudó a Ambato, lugar en el que don Marcos logró salir adelante.

Sus hermanos fueron: Francisco, Francisco Javier, Mariano, Alegría, Rosa, Juana e Isabel, y su infancia la vivió en su hogar natal e igualmente en la muy próxima quinta de Ficoa. En su cara quedó marcado el paso de la viruela que padeció en 1836. Ingresó a la escuela a los 7 años, una humilde vivienda de aldea, de una única planta, muy mal administrada y mantenida.

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Cuando Juan contaba con apenas 11 años, en 1843, su hermano Francisco fue detenido y llevado a prisión, y luego desterrado debido a que se enfrentó en el plano político a la dictadura de Juan José Flores. De acuerdo a lo que señala el escritor Galo René Pérez, el destierro de Francisco le “dejó una herida moral de la que no llegó nunca a recuperarse”, lo que le condujo a detestar las dictaduras.

Su hermano Francisco pudo retornar en 1845 de Perú, adonde fue desterrado, logrando Juan llevárselo luego a Quito para que continuase sus estudios. Francisco y Francisco Javier, sus hermanos de mayor edad, le guiaban e influían en su inclinación por las letras, aparte de que, gracias a la reputación particular de cada uno de ellos, pudo creársele a Juan un entorno favorable en el mundillo de sus estudios.

Comenzó sus estudios de gramática latina en el colegio San Fernando de 1846 y 1848, siguiendo con filosofía en el seminario San Luis, donde se graduó como maestro. Luego se inscribió en la Universidad de Quito para estudiar Derecho, no porque pretendiese ser abogado, sino porque entre las profesiones de medicina, leyes y teología, las únicas entonces existentes, ésta era la menos desapacible.

Entabló amistad en Quito con el poeta y político liberal Julio Zaldumbide, a quien frecuentaba mucho. A su hogar acudían practicantes de letras, que después devinieron en notables escritores: Agustín Yerovi, José Modesto Espinosa y Miguel Riofrío, con quienes compartía acerca de los grandes autores románticos europeos.

En 1853 el entonces presidente José María Urbina y Viteri promulgó la ley de libertad de estudios en colegios y universidades. Debido las nuevas regulaciones, Montalvo fue removido de su puesto de secretario en el colegio San Fernando y adicionalmente se le llevó a dejar su carrera de Derecho de la cual solo había aprobado el segundo curso. Por ello, resolvió retornar a Ambato, donde, para entonces sus padres y su hermano de más edad ya habían perecido.

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En el entorno melancólico de su casa, se dedicó a profundizar su formación de autodidacta, habituado a tomar notas de todo lo que leía en cuadernos que aún se conservan.​ La gramática española y ensayos de carácter idiomático era lo que más investigaba. Demostraba gran respetuoso por Capmany y Clemencín, convencido de que se requería establecer las originalidades estilísticas en la posesión de un modo correcto autorizado por los clásicos y los eruditos más distinguidos de la lengua.

Primer Viaje a Europa

Debido a que era un descendiente de inmigrantes, el gobierno del liberal Francisco Robles y García (1856-1860), designó a Montalvo como agregado civil a la representación de Ecuador en Roma el 17 de febrero de 1857, al tanto que a Francisco Javier Salazar se le encargó de la secretaria de la misma. En gran parte dicha designación se vio favorecida gracias a la gestión de su reputado hermano, Francisco Javier Montalvo.​ Al mediar julio arribó a Francia.

Pese a que la sede de su cargo como agregado civil era Roma, Montalvo permaneció por seis meses en París, por asuntos ajenos a su voluntad. Fue allí donde llego a conocer a don Pedro Moncayo, embajador de Ecuador, quien le proveyó facilidades para su crecimiento intelectual, y le dio acceso a personalidades francesas como Lamartine y Proudhon.​ A partir de enero de 1858 hasta agosto, mantuvo comunicación epistolar con su hermano Francisco Javier, con el fin de fuese publicada en el semanario quiteño “La Democracia”, cuya dirección estaba en sus manos.

Dichos textos, que más adelante constituyeron parte muy importante de su venidera revista “El Cosmopolita”, no tuvieron buena acogida en Ecuador. A lo largo de esta etapa en París, Montalvo se mostraba melancólico, pues añoraba su provincia. En “Los Proscritos”, ensayo publicado en “El Cosmopolita”, manifestó:

“La nostalgia es en un amor indescriptible por la patria y una honda desazón por la nación en que se está…, es un ansia de llorar a gritos a sabiendas de que ello es imposible”.

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Igualmente se intensificó su misantropía, tendencia a la que fue afecto desde niño, por encontrarse en un medio ajeno e indiferente.​ Su estancia en París se prolongó por tres años, a lo largo de los cuales estuvo dedicado a sus estudios, encuentros con personalidades, paseos por la ciudad de contemplación provechosa, la preparación de páginas literarias, una que otra aventura amorosas y breves faenas de oficina. También, en este tiempo se le reveló un agudo reumatismo, cuyas secuelas le hicieron compañía durante el resto de su existencia.

Abandonó Francia, encontrándose en Italia para enero de 1858. Conoció Roma, le agradó mucho su visita a Florencia, y asimismo inolvidables le fueron sus recorridos por Nápoles, Sorrento, Pompeya y Venecia. De Italia se trasladó a España, y particularmente le encantó Andalucía; paseo por Granada y Córdoba, quedando impresionado de la arquitectura musulmana de la Alhambra y el Generalife.​ De Granada retornó a París, y en su travesía cruzó La Mancha, donde evidenció la miseria existente en dicha región en ese tiempo.

Retorno al Ecuador y Exilio

Se vio forzado a retornar a Ecuador no solo en razón de la inestabilidad de los gobiernos y la turbulencia política, sino igualmente debido a la artritis que le afectaba. Al momento de su arribo, en 1859, la nación se encontraba bajo la presidencia de Gabriel García Moreno. A éste le escribió prontamente una prolongada carta, algo discursiva, pero colmada de recriminaciones  y amenazas, que al parecer, no logrando molestarlo en gran medida.​ Al cierre del año 1861 se desempeño como colaborador en la revista literaria “El Iris de Quito”.

Comenzó sus amoríos con María Adelaida Guzmán en 1865, con la que finalmente se casó en Ambato el 17 de octubre de 1868, y de cuya unión nacieron dos hijos. Tras finalizar el primer gobierno García Moreno, el 3 de enero de 1866 sacó a la luz en la ciudad de Quito “El Cosmopolita”, publicación de 40 páginas cuyo temática era de índole político-literario. Sus subsiguientes entregas se siguieron publicando hasta enero de 1869, llegando a sostener una enardecida controversia con José Modesto Espinosa, quien refutó lo expuesto en dicha revista.

“El Precursor del Cosmopolita” es el nombre de la publicación que dio a conocer a partir de 1867,  y en 1868 comenzó a compartir correspondencia con Eloy Alfaro y entró en polémica con Juan León Mera, luego de dar a conocer dos folletos en su contra: “El Masonismo Negro” y “Bailar Sobre las Ruinas”.​ En vista de la promulgación de una nueva constitución por parte de García Moreno en 1869, a la cual denominaban “Carta Negra debido al malestar que generó, Montalvo resolvió expatriarse, dado que temía por su vida.

 

Para ello se presentó ante la embajada de Colombia, y apenas le fue concedido su pasaporte para dejar el país, salió al día siguiente, 17 de enero de 1869, en dirección a Ipiales en compañía de otros dos expatriados: Mariano Mestanza y Manuel Semblantes. Una familia de Tulcán, los Arellano del Hierro, recomendó a Montalvo con el doctor Ramón Rosero, de Ipiales, para que le recibiera en su casa.​ Luego fue recomendado a la señora Filomena Rojas. Mestanza y Semblantes prosiguieron su viaje hasta la costa, para ir a Panamá y de allí a Europa.

A lo largo de su permanencia en Ipiales, la señora Filomena Rojas le obsequió una pluma de oro y a Montalvo le llegó la primera misiva de Eloy Alfaro desde Panamá, convidándole a que le acompañara. En un breve plazo hicieron amistad y Alfaro le recibió en su casa, le adquirió pasaje para Francia, le otorgó una suma de dinero para las semanas iniciales de estadía en dicho país y le prometió hacer llegar las ayudas que de aquí en adelante le solicitara.

Tras arribar a la ciudad luz, su interés urgente fue entra en contacto con las personas que tal vez se hallaban dispuestas a ayudarle, ya desde que fue desterrado su situación económica se torno apremiante. Se vio en la obligación de partir del Ecuador con escasas pertenencias, y no le fue posible obtener entradas seguras y regulares.​ Retorno a Panamá para dirigirse a Ipiales. Y pese que allí no contaba con el dinero suficiente para proseguir  su viaje, Alfaro de nuevo acudió en su ayuda. Montalvo lo refiere con las siguientes palabras:

“Entre aquellos hombres a los yo mando a bendecir, se encuentra Eloy Alfaro, joven a quien poco conozco, y que jamás fue mi amigo. Apenas se enteró de la situación en que me hallaba, me ofreció su mano, y me dio tranquilidad con la más atenta delicadeza”

“Y no satisfecho con facilitarme un billete de pasaje de primera clase, me brindó una letra para Barbacoas de la cantidad que yo necesitase, la cual rechacé, ya que en dicha ciudad me aguardaba otro amigo, otro hermano”.

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Al llegar a Ipiales decidió proseguir a Perú, donde se consiguió con José María Urbina, igualmente extraditado por García Moreno. Se dedicó a promover desde allí la oposición contra el régimen ecuatoriano, y tal vez una revolución.​ Empero no fue exitoso en ello, y desengañado, retorno a Ipiales. A lo largo de su exilio llegó a escribir varios libros, entre los que se encuentran “El Bárbaro de América en los Pueblos Civilizados de Europa”, “El Libro de las Pasiones”, “Diario de un Loco”, “De las Virtudes y los Vicios” y “Capítulos que se le Olvidaron a Cervantes”.

En 1872 se le informa desde Ambato el fallecimiento de su hijo de cinco años y ocho meses, Carlos Alfonso. Gracias a la gestión personal de Alfaro, pudo publicar en octubre de 1874 su escrito “La Dictadura Perpetua”, el cual solo pudo entrar en circulación en Ecuador después del mayo de 1875. De cualquier manera, la lectura de ese libro llevó a que un puñado de jóvenes liberales (Roberto Andrade, Manuel Cornejo, Abelardo Moncayo y Manuel Polanco) asesinara a García Moreno, el 6 de agosto.

No obstante, el más destacado autor de ese asesinato fue un sujeto ajeno a los confabuladores, el ex-militar colombiano Faustino Lemos Rayo, quien inclusive llegó a ejercer cargos públicos en los gobiernos garcianos, por lo que nunca resultó sospechoso para el presidente. Al saber de la novedad, Montalvo declaró: “no fue el machete de Rayo el causante de su muerte, sino mi pluma”.​ Al poco tiempo publicó el ensayo “El Último de los Tiranos”.

Montalvo pudo retornar a Ecuador en mayo de 1876, de forma voluntaria y con el auxilio económico de sus amistades liberales. Provocó la renuncia de Manuel Gómez de la Torre, Ministro de Gobierno del presidente Antonio Borrero, luego de atacarlo por medio del boletín “Del Ministro de Estado” que publicó en la capital ecuatoriana.

La primera edición de la revista “El Regenerador” vio la luz el 22 de junio, logrando mantener dicha publicación hasta 26 de agosto de 1878. El 9 de julio constituyó la organización de nombre “Sociedad Republicana” y en su primer discurso realzó la importancia de la Asociación Internacional de Trabajadores y planteó algunos de sus principios, con las siguientes palabras:

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“El propósito (de la Internacional) es honesto y sensato; solo se vale de medios legítimos; sus anhelos encomiables. Organizar el trabajo, que los honorarios y salarios correspondan a los oficios y obras; la libertad ataviada de legalidad, moderada por el deber y otros objetivos similares, son los de esa agrupación que está bullendo en Europa…”

“La Internacional respeta el principio de propiedad, solo desea que las clases laboriosas no arruinen su trabajo y la industria disponga de leyes a las cuales someter la ociosidad y el lujo. La fuerza pública no persigue a esta asociación; los enemigos del pueblo vociferan en contra de éstas, verdad: Empero ¿qué valía tienen para la democracia los aspavientos de Napoleón III y de Bismarck?”.

Abandonó Quito de forma provisoria para descansar en una casa de sus hermanos, próxima a la localidad de Baños. Fue prontamente convocado por Eloy Alfaro, quien había arribado a Guayaquil para pronunciarse en contra del régimen de Borrero. Montalvo llegó a esta ciudad el 6 de septiembre dl ese año para ser recibido por una fervorosa multitud. No fue capaz de expresarse en público, por lo que se comprometió a agradecerles a su manera, por medio de la palabra impresa, que efectivamente circuló entre los habitantes de dicha localidad al día siguiente.

Pese a haber sido ensalzado en público ese día, la alegría de Montalvo no se prolongó por mucho, ya que Ignacio de Veintemilla logró proclamarse como dictador el 8 de septiembre. Sus amistades le advertían del riesgo que significaba para él, este nuevo gobierno, pero Montalvo no podía dejar Ecuador ya que no disponía de medios económicos para ello. En los elecciones de 1877 resultó electo diputado por la provincia de Esmeraldas, pero jamás pudo concurrir al Congreso. Más adelante partió hacia Ipiales, donde siempre estuvo preocupado por su seguridad.

​Luego de haber transcurrido un mes, pudo ir a Panamá, con la idea de publicar su libro “Las Catilinarias”. Tres meses después retornó a Ipiales, para dedicarse a emprender acciones concretas de revuelo popular y de sublevación armada contra el gobierno de Veintemilla.​ Abandonó nuevamente a Ipiales, y el 30 de julio de 1881 se encontraba ya en Barbacoas (Nariño) donde permaneció por más de doce días, antes de dirigirse a Tumaco y de allí a Panamá, donde se quedaría por un tiempo no definido.

En ese tiempo, su vínculo matrimonial se deterioró por completo debido al ritmo de vida que tuvo que sobrellevar  Montalvo, y por el abandono de sus responsabilidades familiares.​ Eloy Alfaro le había hecho saber solamente que su viaje a Europa no se podía postergar, ya que, en unión de su adinerado socio financiero, José Miguel Macay, se había comprometido a proporcionarle ayuda económica y a supervisar la publicación de sus folletos. Por último,  Montalvo viajó a París con el anhelo de publicar su obra “Siete Tratados”.

Tercer Viaje a Europa

Le enorgullecían sus “Siete Tratados” por lo que ansiaba publicarlos en la presentación más lujosa que hallase. Más no pudo reunir el dinero que requería dicho proyecto, hasta que logró conseguir el patrocinio del empresario José Joaquín de la localidad de Besançon. Montalvo obtuvo el reconocimiento y elogio de diversos críticos europeos tras ser publicados sus “Siete Tratados”, aunque únicamente dentro del circulo de la cultura hispana (sustentada por emigrantes de España o Hispanoamérica mediante publicaciones) o de los afectos al hispanismo de París.

​En vista de ello, Montalvo se dedicó con urgencia a promover sus tratados en España. Al finalizar el mes de mayo, los dos tomos de los “Siete Tratados” ya se encontraban en manos del director del diario El Globo y Emilio Castelar. Su esposa María Adelaida muere el 23 de octubre de 1882 , y en ese mismo año Montalvo comienza a relacionarse sentimentalmente con la francesa Augustine-Catherine Contoux, con quien se mantendría hasta sus últimos días, y de cuyo concubinato engendrarían un hijo en 1886.​

Deseoso de hacerse famoso en España, Montalvo preparó de inmediato un viaje a Madrid, ciudad a la que arribó el 2 de junio de 1883. Se hospedó en el mejor hotel de ese tiempo: el Hotel París, localizado en la Puerta del Sol. Numerosos literatos acudieron a visitarle o le invitaron a reunirse con ellos: Gaspar Núñez de Arce, Jesús Pando y Valle, Marcelino Menéndez Pelayo y Manuel del Palacio, a los que se agregan Juan Valera, Emilia Pardo Bazán, Leopoldo García Ramón y Carlos Gutiérrez, y las dos figuras de Italia: Cesare Cantù y Edmundo de Amicis.

Ese mismo año le fue ofrecida una diputación por el entonces presidente de Ecuador José Plácido Caamaño, la cual rechazó.​ No obstante, la acogida que Montalvo esperaba para sus “Siete Tratados” no fue unánime. La Iglesia ecuatoriana, por medio del arzobispo de Quito monseñor José Ignacio Ordóñez, dio a conocer su molestia con la obra. Mediante una carta pastoral divulgada el 19 de febrero de 1884 el arzobispo desaprobó y condenó los “Siete Tratados”.

En breve plazo Montalvo dio respuesta al religioso a través de su libro “Mercurial Eclesiástica”, redactado con asombroso ímpetu de improvisación y colmado de ataques violentos contra el arzobispo y la Iglesia. Por esa razón, el arzobispo Ordóñez se trasladó a Roma con la idea de lograr que el Papa León XIII prohibiera su lectura, y al poco tiempo, los “Siete Tratados” fueron incluidos en el “Índice de Libros Prohibidos”.​

Tiempo después, en 1886, Montalvo  publicó “El Espectador”, obra compuesta de tres volúmenes, conteniendo cada uno ellos diecisiete, diecinueve y nueve ensayos. Al volver a Francia, sus tentativas de retornar a Ecuador fracasaron una tras otra, por lo que debió quedarse en París. El cargo de cónsul en Burdeos le fue ofrecido  por el presidente Antonio Flores Jijón en 1888, pero Montalvo rechazó su propuesta.

Estando en París su salud comenzó a deteriorarse de manera súbita por el mal clima, quizá entre el 8 y el 10 de marzo de 1888. Montalvo contrajo neumonía luego de mojarse al ser sorprendido por una fuerte lluvia mientras retornaba de la casa editorial a la cual había ido para corregir algunos detalles del tercer tomo de “El Espectador”.

Últimos Días

En los días que siguieron los síntomas de su enfermedad empeoraron su cuadro de salud, y Montalvo se sumió prácticamente en el desamparo. A lo largo de su etapa de dolencias fue, con frecuencia, visitado por Agustín L. Yerovi y Clemente Ballén. Los médicos que, en un principio, atendieron a Montalvo no se percataron de que la neumonía inicial que padecía se había transformado en un derrame pleural, como había sido entonces diagnosticado por el médico León Labbeé.

Labbeé había sometido a Montalvo a un tratamiento que, aunque le trajo mejoría por un tiempo, no pudo contener sus cada vez más fuertes padecimientos. Luego de un nuevo análisis del líquido pleural, Labbeé advirtió sobre la aparición de un amenazador foco de supuración, por lo que recomendó que se le practicara una complicada intervención quirúrgica de inmediato, lo que fue aceptado por Montalvo.

Llegado el día de la operación, en el instante de consentir que se le aplicara anestesia, para asombro de todos respondió diciendo: “Nunca he perdido la conciencia de mis actos. No se preocupe, doctor, si llego a moverme. Trabaje usted como si su bisturí no provocase dolor”.​ Parte del testimonio del doctor Agustín Yerovi, acerca de este hecho, es el siguiente:

“La intervención que padeció Montalvo, causa horror. Implicaba elevar dos costillas de la zona dorsal, tras cortar en un decímetro, las porciones blandas de esa zona; ampliar la herida lo más que se pueda, por medio de pinzas que recogen carnes sangrantes, y luego colocar una especie de bomba, que sirve para dos cosas, aspirar los residuos del foco purulento, e inocular líquidos antisépticos, en resumen: parecido al fuego”

“Todo ello se alargó por una hora; entretanto, el paciente no había proferido una queja, ni encogido un músculo. La postura serena y hasta señorial, resulto interesante a los médicos, enfermeros y asistentes. Uno de los cuales exclamó: ese hombre es un personaje”.

Es un suceso bastante dudoso, no solo en el testimonial, sino también en los participantes de aquel presunto acto, ya que ningún humano puede soportar tal tormento y sufrimiento. Igualmente Montalvo fue operado de abscesos en la garganta. Al concluir el prolongado proceso quirúrgico, el cirujano aclaró que había constatado que el foco infeccioso había atacado a otros órganos, y no quedaba otra alternativa que dejar expuesta la herida para ir drenando regularmente el líquido supurante. Esa herida nunca llegó a cerrarse.

​Montalvo terminó aceptando que el fin de sus días se acercaba, y solicitó ser llevado a su vivienda de la rue Cardinet No. 26 donde exclamó: “Lo que únicamente siento es que toda mi existencia está concentrada en mi cerebro. Estoy en capacidad de redactar hoy una elegía como nunca la escribí en mi juventud”​. Leopoldo García Ramón, quien se había comprometido a servirle de compañía semanalmente mientras estuviese en cama, contó lo siguiente:

“Tras visitarle, luego de regresar de España en septiembre del año anterior (1888), mi corazón se compungió de dolor al confirmar los avances de la atroz neumonía purulenta que le acababa. Pensé que no tenía vuelta atrás. Tenía en su costado una herida que los médicos dejaron intencionalmente abierta; una intervención complicada y dolorosa había sido practicada en su garganta”

“Pese a todo, ¡qué pulcritud la de su ropa interior! ¡Con qué ahínco acomodaba los puños de la camisa con que dormía para esconder sus raquíticas muñecas! ¡Fue muy agradecido con mi mujer al aceptar verle así, no habiéndose afeitado, ni peinado, todo una ruina! Batallaba con ira contra la enfermedad: no deseaba morir”.

El estado de Montalvo empeoraba cada vez más, y el 15 de enero de 1889 hizo llamar al doctor Agustín L. Yerovi para expresarle sus últimos deseos (entre los que estaba el ser sepultado en París).​ Su agonía se inició el 16 de enero, y el 17 solicitó a su ama de llaves que lo ataviase con su traje negro y con frac, pidiéndole además que procurase adquirir un ramillete de claveles para su ataúd. Así se recuerdan sus últimas palabras.​

La colonia de ciudadanos ecuatorianos sufragó sus funerales que se realizaron en la iglesia de San Francisco de Sales y que estuvieron colmados de solemnidad. Fue en el régimen liberal cuando fue repatriado a Guayaquil su cadáver embalsamado, y el 12 de julio de 1889 fue sepultado en el cementerio de dicha ciudad, sitio donde permaneció hasta el 10 de abril de 1932.

Tras ser exhumado su cadáver, fue trasladado a Ambato al día siguiente, localidad a donde arribó el día 12 de abril, fecha desde la cual reposa en su mausoleo. Su libro “Capítulos que se le Olvidaron a Cervantes” fue publicado en Francia de manera póstuma en 1895, así como ocurrió en 1902 con su obra “Geometría Moral”.

Influencias Literarias

Toda la obra creada por Montalvo se fundamenta, más allá de su propio genio creativo, en los profundos estudios que el autor realizó no solo en el dominio de las letras sino también en el de la historia, llegando a nutrirse de los más reconocidos autores de la antigüedad y de su tiempo.

Antigüedad Clásica

Todo lo que en su época se podía leer sobre Historia, Filosofía y Literaturas Helénicas fue leído por Montalvo, llegando a citar en sus libros de forma directa o glosada a gran parte de autores griegos antiguos.​ De igual manera, aunque no con tanta aprehensión, admiraba a los sabios de la antigua Roma.

De Roma, el teatro de Terencio, Plauto y Séneca le fue útil, quizás no como inspiración, sino como modelo, para escribir sus cinco dramas y que fueron reunidos en su obra “Libro de las Pasiones: La Leprosa, Jara, El Descomulgado, Granja y El Dictador”. En conclusión, lo grecolatino caló en lo más elevado de su saber, convirtiéndose en el pedestal de su formación y el arma que blandió en sus acaloradas polémicas.​ De Grecia sentía admiración por Sócrates, y de Roma por Julio César, como modelo del soldado, y por Cicerón, por su elocuencia.

Literatura Española

Una parte importante de literatura española, desde los romances hasta el romanticismo era de su conocimiento.  En más de una oportunidad criticó a diversas obras literarias españolas, así como consagró su ensayo “El Buscapié” a ensalzarlas. Admiraba y respetaba de forma especial a Cervantes y valoraba a su “Don Quijote de la Mancha” como lo más perfecto en el mundillo de las letras, mientras que menospreciaba la continuación que escribió Avellaneda.

Por otra parte, Montalvo estimaba a la literatura española contemporánea a él (segunda parte del siglo XIX) como de carácter impreciso e infructuoso, objetando particularmente a las nefastas traducciones de textos, pese a que sintió aprecio por los eruditos españoles de la época.

Literatura Francesa

La literatura francesa, previa y posterior a las guerras de la Independencia, influyó decisivamente sobre los autores hispanoamericanos. Las semillas del romanticismo tanto de España como de Hispanoamérica provienen de Francia, y en América brotaron primero y permanecieron más. Montalvo fue un teórico romántico del liberalismo, y cuyos arquetipos fueron Chateaubriand, Rousseau y Víctor Hugo,​ al tanto que apreciaba profundamente a Lamartine.

También sentía admiración por Montaigne y Montesquieu, quienes en conjunto con Rousseau inspiraron su concepción política. De Montaigne tomó la glorificación del hombre en su condición natural, así como diversas temáticas y el estilo literario de sus ensayos. Gran parte del ideario de Montalvo, sin ser forzosamente copiado, refleja el “El Espíritu de las Leyes” de Montesquieu, y Rousseau influyó en el autor ecuatoriano por sus convicciones acerca de educación, gobierno, estado, ciudadanía etc., expuestas en “Emilio” y “El Contrato Social”.

Otras Influencias

Con respecto a la literatura inglesa, apreciaba en gran medida a Byron y a Milton, y posiblemente para sus ensayos se inspiró igualmente en Bacon.​ “The Spectator” de Addison le sirvió de inspiración para su revista “El Espectador”. Montalvo también se referenció de la literatura de Estados Unidos, aunque sin opiniones críticas. Llego a conocer las más importantes obras literarias en italiano, pese a no se dejó influenciar, aparentemente, por la técnica, las temáticas y las ideas de los autores de ese país.

En relación a la literatura germana, investigó los clásicos del siglo XVIII, pese a desconocer el idioma.​ Admiraba a Goethe; acerca de él, Schiller y Klopstock señalaron que era un “talento de primera categoría, de esas antorchas elevadísimas que se pueden ver desde todos los países”.​ De Hispanoamérica llego a conocer la prosa de Simón Bolívar, la poesía y particularmente la gramática de Andrés Bello, la poética de Olmedo y los argentinos iniciadores del romanticismo.

Géneros

De categorizarse al ensayo como un género, y al periodismo como una subdivisión del ensayo, la totalidad de la obra de Montalvo debería calificarse de ensayística, salvo su “Libro de las Pasiones”, que se compone de cinco dramas, y “Capítulos que se le Olvidaron a Cervantes”, que puede considerare literatura novelesca.

De acuerdo al académico Antonio Sacoto Salamea, el ensayo es el “género que Montalvo usa como lienzo para plasmar la brutal refriega política de una época, nos concede juicios de la cultura y la barbarie, expone los males que pervierten una sociedad y denuncia sin compasión alguna los elementos promotores de esta paralización”.​ Se debe destacar, no obstante, que en la redacción de sus ensayos son frecuentes las desviaciones en el hilo discursivo.​

En la categoría lirica, no editó ningún texto de poesías, pero algunas de ellas se pueden encontrar sueltas a través de sus escritos. De fría y colmada de evocaciones se ha calificado su poesía, y desde la perspectiva temática, falta de originalidad.​ En relación a los dramas que redactó, apenas se conocen cinco, que fueron publicados póstumamente bajo el nombre “El Libro de las Pasiones”. No fueron obras para ser teatralizadas, si bien pudieran ser puestas en escena; su inquietud más bien fue didáctica, pues sus obras dramáticas eran en el fondo moralizadoras.​

“Capítulos que se le Olvidaron a Cervantes” su única obra novelística, es una prolongación del Quijote enmarcada en algún trecho geográfico y en un instante nada preciso del recorrido del personaje, mientras efectuaba su tercera salida, en la cual Montalvo se obsesionaba mucho en evidenciar la perfección lingüística que había alcanzado Cervantes, en vez de ocuparse del desarrollo de sus personajes.

Aun así, en la enciclopedia española “Monitor”(Salvat, 1970), en el artículo titulado “Don Quijote”(tomo 6, pag.2099), se considera a la obra de Montalvo como la que mejor se ha aproximado, en este género, a la figura cervantina, pues, generalmente, suele ser reproducida con algún sesgo por otros autores.

Literalmente el artículo citado expresa: “A lo largo del siglo XIX se debe resaltar la admirable interpretación del ecuatoriano J. Montalvo, quien en su obra “Capítulos que se le Olvidaron a Cervantes” delineó una biografía del héroe que seria del agrado de su mismo creador: el sentido de raza, drama y exaltación fueron extraordinariamente puestos de relieve por el ilustre escritor de Ecuador”.

En su rol de periodista, Montalvo conocía muy bien la influencia del periodismo como motor impulsor en la cultura y en la conducta social y política, pese a que lo empleó para apoyar con cierta avidez de proselitismo puntos de vista que concordaban con su tendencia ideológica y política.​

Temáticas Frecuentes

Dado el carácter polémico de lo que suele escribir Juan Montalvo, las temáticas abordadas por él tienden, en lo general, a ubicarse en ese mismo plano controversial.

Civilización y Barbarie

En la ensayística hispanoamericana de ese tiempo se estimaba que la barbarie era el mayor impedimento para el progreso de la civilización, para la divulgación de la cultura. Conforme a esta idea, Montalvo, conceptuó como barbarie, entre otras cuestiones, el empleo de la fuerza bruta, los actos de subyugación imperialista, la tiranía de los gobiernos, y la intransigencia religiosa.

Política

El pensamiento de Montalvo era idealista y le disgustaba la situación que a nivel político vivía Ecuador. Creía en la moral y en los principios como bases sobre las cuales funciona una nación, y le inquietaba enormemente recalcar la importancia de las cualidades morales de los políticos, cuando ni los conservadores ni los liberales eran modelos de perfección.

En vista de lo anterior, el profesor Louis Arquier aseguró que “En cada oportunidad que un articulista hace alusión a la política se encuentra frente a una contradicción, la temática le resulta atractiva y le asquea a la vez”. Montalvo  respetaba mucho las leyes, pero le enfadaba la circunstancia de que algunas fueran arbitrarias. En “El Cosmopolita” solía atacar a aquellos parlamentarios que creaban o rescindían leyes para su provecho:

“Hay un diputado cuyas mercaderías son llevadas a la aduana, y presenta proyecto de ley para rebajar los aranceles para ese tipo de mercaderías. Al país le molesta esa deducción. Otro diputado tiene una industria en la que se fabrica cierto producto, proyecto de ley para rebajar el tributo impuesto a ese producto. A la República le incomoda por entonces dicha reducción”.

Igualmente aborrecía la tiranía, a la que solía calificar, entre otras maneras, como “el atropello victorioso, soberbio, indoblegable”​. Desde su punto de vista, para que aflore una tiranía forzosamente debía existir un pueblo con predisposición a tolerarla, ya sea por temor o desidia, de tal manera que, cuando se instaura una tiranía, el pueblo es tan culpable del ello como el mismo dictador. Su postura liberal le condujo a oponerse a cualquier gobierno que no haya sido electo mediante sufragio, pese a que se opuso al voto popular si la nación no era del todo libre.

En relación a los derechos humanos, en varias oportunidades trabajo en defensa de los derechos de la mujer. Igualmente protegió los derechos de los indígenas y los negros, más por su concepción de igualdad de todos los hombres ante Dios que por afinidad hacia ellos, ya que presumiblemente tenía prejuicios raciales.​ A sabiendas de la enorme responsabilidad que los intelectuales debían sobrellevar en lo relativo a los problemas sociales de los aborígenes, expresó:

“No, este ser ultrajado, moralmente deteriorado, desamparado por Dios y por la suerte no es obra nuestra; los españoles nos lo legaron, como es y como seguirá siendo por ahora y por siempre”.

Montalvo muy raramente hacía referencia a los militares en sus escritos. Era del pensar que la historia y la guerra son la misma cosa y se restringía a distinguir entre guerras justas o no. También, como hombre de su tiempo no se mostraba insensible ante el carácter heroico de las luchas y la magnanimidad prevaleciente en aquel que menosprecia su propia existencia en aras de un ideal.

Anticlericalismo

Una iglesia separada del estado es una de las cosas más deseadas por Montalvo, y en sus textos procuraba no sermonear a sus lectores de religión, sino hablarles de Ecuador y de su gobierno. Arremetía contra el clero o lo defendía de acuerdo a su situación política. En más de una oportunidad, queriendo obtener en vano su respaldo político, escribió para ensalzar los atributos de la iglesia benévola,​ pero mayormente sus escritos eran anticlericales.

En “El Cosmopolita” arremetió contra el clero porque era una parte muy poderosa e influyente del Partido Conservador que controlaba en ese tiempo el gobierno.  Así como por mostrar un mayor interés en los posesiones terrenales que en las celestiales, por cometer simonía. En 1866, cuando fue escrita esta obra, la iglesia contaba con mucho poder en Ecuador, no llegando a admitir el más mínimo indicio de oposición, calificándola de herética.​ En relación al fanatismo religioso, contó una anécdota tan apasionante como exagerada en “Las Catilinarias”

“Se ha visto alguna vez en Quito un cabrón de Méndez ascender al púlpito, meter sus manos en un mechero, introducir en la boca una vela ardiente, y queriendo probar con ello que la virtud divina actuaba en él, vociferar que en ese momento el diablo deambulaba en libertad por la iglesia, y provocar que la plebe embaucada y ultrajada formase remolinos aterradores”

“No habiendo policía que haga bajar a ese bribón del pescuezo y le someta a un duro castigo corporal, ni autoridad que le envié con grilletes a Guayaquil, para montarlo en el primer navío ballenero a la vista. Al mismo penitente embaucador habíasele visto, cuando el temblor de Imbabura, salir flagelándose por las calles quiteñas, y vociferando que por las perversidades y carencia de devoción de la gente había sobrevenido ese infortunio”

“Un entramado de madera fue levantado ahí al punto en la plaza de la Catedral de Quito, ascendió allí el arlequín, y, sin ropaje al frente seis dedos por debajo el ombligo, recubierta la espalda con un cuero de vaca debajo de un velo negro, se azotó cinco mil veces, mofándose así de las cosas sagradas, del pueblo reunido, del siglo décimonono, de la autoridad, y hasta de Sancho Panza, quien, a fin de cuentas, se propinó por lo menos cinco buenos y soportables”

“En Bogotá, Caracas, Santiago, Lima, Buenos Aires, no parecerán posibles estos actos de vergonzosa barbarie, que un millar de veces se han repetido en Quito en las más grandes tragedias públicas. Sismos, lluvias de ceniza, cóleras frenéticas de los volcanes, allí aparecen los monjes gachupines a hacer arder sus manos en el púlpito, a mordisquear cabos de vela, a solo ellos ver el diablo, y decir que todo les culpa de los liberales”.

Prosiguió con su oposición a la iglesia en su libro “Siete tratados” y en el ya citado “Las catilinarias”, debido a que se sentía engañado al observar que el clero no se enfrentaba a Veintemilla. Su texto más iracundo fue “Mercurial Eclesiástica”, redactada en respuesta a la desaprobación que hizo de su obra el vocero del clero, Monseñor José Ignacio Ordóñez. Sin embargo, se puede afirmar que en la praxis Montalvo tuvo mejor trato con las autoridades de iglesia que con los católicos conservadores.

Un caso que bien lo ilustra es su artículo titulado “Contestación a la Carta de un Sacerdote Católico al Señor Redactor de El Cosmopolita”, que se publicó en la edición número 3 de su revista. El mencionado religioso era el nuncio apostólico, Monseñor Antonelli, quien con extrema cortesía defendía la necesidad del pacto iglesia-estado. Con similar gentileza Montalvo en 25 páginas habla con la mayor lucidez sobre de lo que han de ser a su criterio los nexos entre Iglesia y Estado.

Se manifiesta simpatizante del “Patronato Regio”, afirmando que en caso de no llegarse a un acuerdo ha de prevalecer la razón de Estado, es contrario al Concordato suscrito por García Moreno y acaba detallando que estima al cristianismo como la genuina religión. “Solo me mostrare contrario a la superstición, la intransigencia y los atropellos de los perversos sacerdotes”. El nuncio le remitió una segunda misiva de tono amistoso, siempre en defensa del punto de vista eclesiástico pero sin desaprobar las posturas personales del escritor.​

Montalvo era contrario al imperio de la iglesia, como a muchas otras cosas, y ponía en duda el “mito de la perfección, hasta en los más mínimo, de la iglesia, lo que, al parecer, le concedía autoridad para condenar cualquier indicio de crítica”.​ En conclusión, su postura frente al clero era de carácter político en primer lugar, en razón de su afinidad liberal antiteocrática y debido a sus propias experiencias ante el clero,​ pese a lo cual no dejó de ser creyente.​

Matrimonio y Descendencia

Juan Montalvo se casó en Ambato con María Manuela Guzmán, ceremonia que se efectuó el 17 de octubre de 1868. De su relación vinieron al mundo dos niños, en primer lugar Juan Carlos Alfonso Montalvo Guzmán, cuyo bautizo se efectuó el 29 de julio de 1866, y fue sorprendido por la muerte a los 7 años, y luego María del Carmen Montalvo Guzmán, nacida el 8 de mayo de 1869.

María Manuela Guzmán, su esposa por la ley, falleció el 23 de octubre de 1882 cuando contaba con 42 años de edad. A lo largo de su autoexilio en Ipiales se relacionó con una mujer joven de apellido Hernández con la cual engendró dos hijos: Adán y Visitación. En su último recorrido por Europa, llegó a conocer en París a Augustine Contoux con quien vivió en concubinato en sus años finales, naciendo de ese amorío un niño en 1886, quien fue nombrado como Jean Contoux.​

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